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Periodo prehispánico

 Artículo principal: Guanche

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Las Islas Canarias estaban habitadas antes de la conquista europea por distintas poblaciones bereberes que popularmente se han venido conociendo como guanches (término que, si bien hacía referencia exclusivamente a los antiguos habitantes de la Isla de Tenerife, se ha extendido para denominar a los antiguos habitantes de todo el archipiélago). Destacado.jpg


Grabados en La Palma

Los antiguos habitantes de Canarias eran un pueblo entroncado con los antiguos bereberes o imazighen del norte de África. Hasta mediados del siglo XX, algunos investigadores defienderon una teoría que vinculan a las poblaciones bereberes con los germánicos; sin embargo, esta teoría es rechazada actualmente por historiadores y antropólogos. En cuanto al poblamiento de las islas, las teorías más aceptadas en la actualidad son aquellas que defienden que estas poblaciones fueron traídas o bien por los fenicios o bien por los romanos. Otra hipótesis indica que existieron sucesivas oleadas migratorias producidas primero por la desertificación progresiva del desierto del Sáhara y después por la presión del Imperio Romano sobre el norte de África. Además, tanto el tipo humano como las raíces lingüísticas apuntan a una casi segura procedencia bereber. En todas las Canarias existen topónimos de clara ascendencia bereber o tamazight (Tegueste, Tinajo, Tamaraseite o Teseguite).

Las principales actividades económicas de estas poblaciones eran el pastoreo, la agricultura, la recolección de frutos y bayas y el marisqueo en las costas. En cuanto a las creencias, la religión guanche era politeísta aunque el culto astral estaba generalizado. Junto a él había una religiosidad animista que sacralizaba ciertos lugares, fundamentalmente roques y montañas (El Teide en Tenerife, Idafe en La Palma o Tindaya en Fuerteventura). Entre los principales dioses guanches se podrían destacar; Achamán (dios del cielo y supremo creador) , Chaxiraxi (diosa madre identificada más tarde con la Virgen de Candelaria), Magec (dios del sol) y Guayota (el demonio) entre otros muchos dioses y espíritus ancestrales. Especialmente singular era el culto a los muertos, practicándose la momificación de cadáveres, en este aspecto fué en la isla de Tenerife donde se alcanzó mayor perfección.[1] Cabe destacar también la fabricación de ídolos de barro o piedra.

Conocimiento de Canarias por parte de los europeos

Mapa de las islas de William Dampier 1699

Es difícil separar los relatos de los mitos oceánicos de la antigüedad y las referencias directas a las Islas. En la Antigüedad Clásica el Atlántico era el límite del mundo conocido y los relatos míticos sobre los Campos Elíseos o el Jardín de las Hespérides se mezclan con los conocimientos geográficos de la época, cuya supuesta ubicación se disputan distintos territorios. Las citas más antiguas son dudosas y probablemente hacían referencia a distintos puntos del Mediterráneo occidental y de la costa atlántica norteafricana. Las islas Canarias aparecen ya citadas en textos romanos (Plinio el Viejo), si bien posiblemente ya fueran visitadas por los fenicios en busca del garum y tintes rojos vegetales como la orchilla (teoría que no es aceptada por todos los historiadores).

Algunos historiadores señalan como hipótesis que las islas fueran descubiertas por primera vez por el explorador cartaginés Hannon el navegante en su “Periplus”, el primer viaje de circunvalación africano, en el año 570 a.c. El primer documento escrito con una referencia directa a Canarias se debe a Plinio el Viejo, que cita el viaje del Rey Juba II de Mauritania a las islas en el 40 a.C, y se refiere a ellas por primera vez como Islas Afortunadas (Fortunatae Insulae). En este documento también aparece por primera vez el término Canaria utilizado probablemente para hacer referencia a la isla de Gran Canaria. De acuerdo con Plinio, este nombre le fue dado a la isla en memoria de dos grandes mastines que los enviados de Juba capturaron allí y llevaron posteriormente a Mauritania (el actual Marruecos), y que aparecen representados a ambos lados del actual escudo de Canarias. Esta historia, no obstante, tiene algunos visos de no ser exacta, entre otras cosas porque se sabe que a la llegada de los castellanos y otros navegantes europeos posteriores, las razas de perro nativas del archipiélago eran de pequeño tamaño, al igual que las cabras de los guanches. Por otro lado`, parece poco probable que el origen etimológico de Canarias esté en el latín canis, por lo que actualmente algunas teorías lo relacionan más con el etnónimo norteafricano Canarii, grupo bereber que se ubicaba en la zona noroccidental africana. De hecho el propio Plinio menciona en otro texto a los Canarii, y si bien de nuevo vuelve a relacionar este término con los perros, probablemente se trate de una adaptación de un término bereber.

El geógrafo hispanorromano Pomponio Mela las situó por primera vez con exactitud en un mapa, y Plutarco fue informado por el general Sertorio de la existencia de las islas, a las que este último pensó en retirarse por sus problemas políticos.

El debate sobre estas fuentes escritas sobre Canarias está íntimamente ligado al debate sobre cómo y cuando se produjo la arribada de los primeros pobladores imazighen o bereberes desde el Norte de África, pues distintas hipótesis señalan que éstos fueron traídos o bien por fenicios, o bien por romanos.

Durante mil años, entre los siglos IV y XIV, las islas parecen desaparecer de la historia. El único testimonio documental de esta época, muy dudoso, es el famoso viaje de San Borondón, cuya leyenda se extendió durante siglos por la Europa cristiana y cuya ubicación ha ido trasladándose desde las costas de Irlanda hasta Canarias. Durante la Edad Media fueron visitadas por los árabes. En el siglo XIV se produce el redescubrimiento de las islas. Se produjeron numerosas visitas de mallorquines, portugueses y genoveses. Lancelloto Malocello se instala en la isla de Lanzarote en 1312. Los mallorquines establecieron una misión en las islas con un obispado, que permaneció desde 1350 hasta 1400, y del cual proceden algunas imágenes y tallas de vírgenes que actualmente son veneradas en las islas y que anteriormente lo fueron por los guanches.

Conquista y colonización

 Artículo principal: Conquista de las Islas Canarias

Durante los siguientes 50 años, con el permiso papal y el apoyo de la corona castellana, se organizan varias expediciones en busca de esclavos, pieles y tintes. Juan I de Castilla participa en el lucrativo comercio de esclavos con Canarias. La carrera definitiva hacia la conquista comienza con la bula papal de Clemente VI en 1344. El infante Luis de la Cerda, pariente de los reyes de Castilla y Francia, recibe el señorío de las islas Afortunadas junto con el título de Príncipe de la Fortuna. Le son concedidos todos los demás derechos reales, incluida la facultad de batir moneda, y el patronato de las iglesias y monasterios que construyese, aunque las disputas entre la corona castellana y lusa impiden que llegue a tomar posesión.

Jean de Bethencourt

En 1402 se inicia la conquista de las islas con la expedición a Lanzarote de los normandos Jean de Bethencourth y Gadifer de la Salle, sujetos al vasallaje de la corona de Castilla y con el apoyo de la Santa sede. La conquista normanda aparece en la crónica Le Canarien.

Debido a la orografía, la falta de interés comercial y la resistencia que opusieron los nativos, la conquista no finalizó hasta 1496 cuando Tenerife es conquistada y las islas Canarias quedan incorporadas al Reino de Castilla.

La conquista de las Canarias, que llevó casi cien años (distinguiéndose dos etapas, una de señorío y otra de realengo), es el precedente de la conquista del nuevo mundo, basada en la casi erradicación de la cultura local, una rápida asimilación al cristianismo y en el mestizaje genético de colonizadores y nativos. Hasta 1498 no se promulgó la prohibición papal de comerciar con esclavos en Canarias.

Entre 1448 y 1459 se produjo una crisis entre Castilla y Portugal por el control de las islas, cuando Maciot de Bethencourth vendió el señorío de la isla de Lanzarote al príncipe portugués Don Enrique el Navegante, lo cual no fue aceptado por los nativos y castellanos residentes en la isla que iniciaron una revuelta que expulsó a los portugueses.

Una vez concluida la conquista de las islas y pasando a depender estas de la corona de Castilla, se impone un nuevo modelo económico basado en el monocultivo (en un primer momento la caña de azúcar, y posteriormente el vino, teniendo una gran importancia el comercio con Inglaterra). En esta época se constituirán las primeras instituciones y órganos de gobierno (cabildos y concejos).

En Canarias se va a imponer también un régimen fiscal especial distinto al castellano que favorecerá el comercio con el exterior. Canarias también será la única excepción al monopolio de la Casa de la Contratación, pudiéndose comerciar directamente con América desde las islas, si bien con limitaciones. A partir del siglo XVI la economía canaria estará más ligada a Inglaterra y al Norte de Europa que a la Península Ibérica, situación que se mantendrá hasta la Guerra Civil Española en 1936.

La Laguna en 1842

El Antiguo Régimen

 Artículo principal: Antiguo Régimen en Canarias

Introducción

El término Antiguo Régimen define a la etapa histórica anterior a la Revolución Francesa de 1789. El Antiguo Régimen se identifica con los valores del absolutismo, la sociedad estamental, estructurada sobre los privilegios de sangre y la pervivencia de elementos feudales, y una organización económica precapitalista de base agrícola y ganadera.

Se suele identificar con Edad Moderna. Por tanto el Antiguo Régimen comprendería un periodo de aproximadamente tres siglos, entre 1492 y 1789.

La conquista de Canarias concluyó en 1496. Desde aquel momento, las islas se incorporaron plenamente al área cultural europea. Sus referentes políticos, sociales, económicos y culturales serán desde entonces los de Castilla. Su desarrollo histórico estuvo, ligado a los destinos de la Corona Española.

La Población

Plano de La Laguna hacia 1590 realizado por Leonardo Torriani.

A mediados del siglo XVI, la población del conjunto de las Islas Canarias, no superaba los treinta y cinco mil habitantes. Esta población se concentraba principalmente en las islas de Gran Canaria y Tenerife (aproximadamente las tres cuartas partes de total.

Tenerife era la isla más poblada con una población entre nueve y diez mil habitantes, de los que unos dos mil quinientos serían descendientes de los antiguos guanches y aborígenes de otras islas, especialmente grancanarios y gomeros, y esclavos africanos. A finales de aquel siglo la población ascendía a algo más de veinte mil habitantes.

En Gran Canaria se aprecia un estancamiento poblacional para el siglo XVI. A comienzos de siglo vivían menos de ocho mil habitantes, mientras que a finales la población apenas suponía algo más de ocho mil quinientas personas. Las causas de este estancamiento fueron las epidemias, las emigraciones, causadas por la crisis económica provocada por el fin del ciclo del azúcar, y las malas cosechas, que le afectaron más intensamente que a la isla de Tenerife.

El resto de las islas presentaban los siguientes registros poblacionales a finales del siglo XVI: La Palma, 5.580 habitantes; La Gomera 1.265 habitantes; El Hierro, 1250; Lanzarote menos de mil y Fuerteventura unos 1.900 habitantes.

El siglo XVII fue, a diferencia de lo que ocurría en los territorios peninsulares de la Corona, un periodo de crecimiento demográfico. Se pasó de algo menos de 41.000 habitantes en 1605 a 105.075 en 1688, concentrando las Canarias occidentales alrededor del 70 por ciento, mientras que en las Canarias orientales vivían en torno a 30.000 habitantes. Tenerife, con algo más de 50.000 habitantes y Gran Canaria, con 22.000 habitantes siguen siendo las islas más pobladas. De las islas menores, La Palma era la única que superaba los 14.000 habitantes. El resto de las islas experimentaron importantes crecimientos, alcanzando cifras en torno a los cuatro mil habitantes para cada una de ellas.

La causa de este desigual crecimiento se debió al auge económico que conoció Tenerife y La Palma, gracias al desarrollo de la actividad vitivinícola, objeto de una fuerte exportación. Sin embargo, las Canarias orientales, singularmente Gran Canaria sufrió los efectos del colapso del ciclo azucarero, los embates de los ataques piráticos, las epidemias y la emigración hacia Tenerife y La Palma. Todo lo cual explica su estancamiento demográfico del que sólo podrá empezar a salir a partir del último tercio del siglo.

El crecimiento demográfico continúa durante el siglo XVIII. Globalmente la población del archipiélago pasa de 105.075 a finales del siglo XVII, a 194.516 en el año 1802. El reparto de la población es desigual; más de dos tercios se concentraban en Tenerife y Gran Canaria, las islas más prósperas, mientras que El Hierro no incrementa la población en todo el periodo. A diferencia de lo ocurrido en los siglos anteriores, el incremento benefició especialmente a las islas orientales, puesto que las occidentales sufrieron los efectos de la crisis del vino, cuyo efecto inmediato fue la intensificación de la emigración hacia América.

La Sociedad

La sociedad canaria de esta época presentaba las características propias de las sociedades europeas: mayoría de campesinos, generalmente sin tierras, privilegios para las elites nobiliarias y eclesiásticas, existencia de un numeroso clero regular y la existencia de esclavos.

La nobleza estaba representada por los descendientes de los dirigentes de la conquista. Su poder económico descansaba en la posesión de amplios dominios territoriales y en la exportación de productos como el azúcar durante el siglo XVI y el vino durante el siglo XVII. Los ingresos así obtenidos los destinaban a la adquisición de bienes suntuarios, tierras o a obras pías. Controlaban el poder político y militar y se concentraban en las principales poblaciones de las islas centrales (Las Palmas de Gran Canaria, San Cristóbal de La Laguna, La Orotava, etc.). Constituyeron un grupo cerrado, fuertemente endogámico, aunque establecieron alianzas familiares con la burguesía, generalmente de origen extranjera asentada en las islas.

El clero era abundante. Durante el siglo XVI y XVII se establecieron numerosas órdenes religiosas, gracias al patrocinio de los nobles y de la burguesía comercial. Esta abundancia viene atestiguada por la abundancia de conventos en las principales ciudades y villas de las islas, como fueron los casos de La Laguna, Las Palmas, La Orotava, Telde, Garachico, Santa Cruz de La Palma o [Teguise]]. El clero estaba exento de pagar impuestos y recibía de los campesinos el diezmo. No obstante, de éste se beneficiaba el alto clero (obispo, canónigos, deanes), mientras que el bajo clero vivía en las mismas condiciones que la mayoría de la población. Esta población ociosa debía ser sostenida por el resto, por lo que constituía, la mayor parte de las veces, una carga económica, especialmente durante los abundantes periodos de crisis sufridos durante estos siglos.

El Tercer Estado. Estaba integrado por un conjunto heterogéneo de personas diferenciados entre sí por su nivel de ingresos y por la ocupación laboral, pero compartían la obligación de pagar impuestos y quedar excluidos (salvo excepciones) de los oficios de mérito (cargos políticos y administrativos y la dirección de la milicia. Se distinguían los siguientes grupos: a) La burguesía, integrada mayoritariamente por extranjeros asentados en Canarias y relacionados con la producción y la exportación del azúcar y el vino. Su posición económica y social era elevada y generalmente tenía una estrecha relación económica y familiar con la nobleza dirigente. b) Campesinos. Representaban más del ochenta por ciento de la población. Presentaban diferencias en relación a su relación con la tierra que trabajan (medianeros, jornaleros). Su situación vital se caracterizaba por la incertidumbre ante las malas cosechas, el hambre, las epidemias, etc. c) Artesanos. Su número fue reducido dado el escaso peso de las manufacturas en Canarias y la tendencia a la autosuficiencia de la población. Algunas actividades especializadas, como era la de los toneleros, herreros o carpinteros, etc., eran las más habituales. Solían vivir en los núcleos urbanos. d) Población marginal. Dentro de este grupo se solían integrar profesiones deshonrosas como eran la de verdugos, carniceros y parteras, así como los vagabundos y mendigos, cuyo número aumentaba o disminuía en función de las coyunturas económicas. e) Esclavos. Su importancia fue grande. Se destinaban a las actividades agrícolas o al servicio doméstico. Su procedencia era África (beréberes y negros). Los beréberes eran especialmente numerosos en Lanzarote y Fuerteventura, donde suplieron la falta de población nativa. Su origen se debe a las expediciones (cabalgadas) emprendidas desde estas islas para capturar esclavos en la vecina costa africana. Los esclavos negros eran empleados en las plantaciones de caña de azúcar de Tenerife, Gran Canaria y La Palma. Salvo excepciones, la esclavitud no tuvo una relevancia demográfica muy significativa y a partir de la decadencia del cultivo del azúcar el número de esclavos se redujo considerablemente, bien por no ser rentable su adquisición, o bien por manumisión, en este caso ocuparon los escalones más bajos de la sociedad y sus descendientes acabaron mezclándose con el resto de la población.

La Economía

Durante estos tres siglos, la agricultura constituyó el soporte económico fundamental de las islas. Junto a la agricultura destinada al abastecimiento interno, convivía otra destinada a la exportación, representada por el cultivo de la caña de azúcar y el vino.

Agricultura dedicada al consumo interno

Los productos básicos de esta agricultura eran los cereales, que alcanzaron un notable desarrollo en el siglo XVI, al constituir la base alimenticia fundamental de los canarios. Al cultivo de los cereales se dedicaba buena parte de las tierras de medianías. Los cereales cultivados fueron el trigo, la cebada y, en menor medida el centeno. Algunas islas, como Lanzarote, Tenerife Fuerteventura y La Palma fueron excedentarias. Gran Canaria, por el contrario, era deficitaria en cereales y necesitaba importarlos desde otras islas.

Durante el siglo XVII, aunque se mantiene la importancia de los cereales dentro de la agricultura canaria, se produjo algunos cambios que afectaron especialmente a Tenerife y La Palma, donde la expansión de la viña en perjuicio de los cereales convirtió a estas islas, especialmente Tenerife, en deficitarias, siendo necesaria la importación desde Fuerteventura y Lanzarote, que se convierten en el granero de Canarias e incluso desde Marruecos.

En el siglo XVIII, la crisis del vino permitió una cierta recuperación de los cereales en Tenerife y La Palma. Al mismo comenzó a extenderse nuevos productos agrícolas de origen americano como fueron las papas, el millo o los tomates, que progresivamente fueron ocupando mayor espacio agrícola y constituyó un elemento de diversificación de la dieta de los canarios.

La agricultura de exportación

Paralelamente al desarrollo de la agricultura de subsistencia, Canarias conoció otra modalidad agrícola de alta rentabilidad económica, destinada a la exportación hacia los mercados europeos y americanos: el ciclo del azúcar y el ciclo del vino. Esta agricultura acumuló una parte importante de los esfuerzos económicos, yendo en detrimento del cultivo de productos básicos para el consumo de la población, y estando controlado el comercio de estos productos por manos extranjeras.

Inmediatamente después de la conquista, y durante la primera mitad del siglo XVI, se implantó en Canarias el cultivo de la caña de azúcar, introducido desde Madeira. Tuvo una gran expansión en Gran Canaria donde ocupó buena parte de las tierras del norte y este de la isla hasta los 500 metros sobre el nivel del mar. También adquirió importancia en las islas de Tenerife, La Palma y La Gomera.

Se trató de un cultivo de regadío que consumía grandes cantidades de agua, agotaba los suelos, por lo que requería permanentemente roturar nuevas tierras. Por otro lado, para la obtención del azúcar se requería el consumo de grandes cantidades de madera durante el proceso de cocción de la pulpa. Tres recursos escasos en las islas y, por tanto factores que contribuyeron a encarecer el producto.

El destino de la producción era la exportación hacia la Península Ibérica, Flandes, Francia y Génova. El control de este comercio estaba en manos de comerciantes extranjeros, especialmente genoveses y flamencos.

La rentabilidad del azúcar canario se mantuvo hasta que este cultivo se introdujo en América y comenzó a ser exportado hacia Europa. El menor coste de la producción americana determinará a mediados del siglo XVI el hundimiento del sector azucarero, afectando gravemente a la isla de Gran Canaria.

Tras la crisis del ciclo del azúcar, el vino se convirtió en el producto fundamental de las exportaciones canarias, a finales del siglo XVI, pero especialmente durante el siglo XVII,. El auge vitivinícola coincidió con un periodo de precios altos que convirtieron en altamente rentable la producción canaria.

Las islas principalmente beneficiadas fueron Tenerife y La Palma, donde se amplió la superficie destinada a viñedos a costa de los cereales y la caña de azúcar. La producción vinícola en Tenerife a fines del siglo XVII llegó a alcanzar las 30.000 pipas (una pipa equivale a 480 litros) anuales

El vino era exportado a Flandes, Francia, la España peninsular pero especialmente a Inglaterra donde los caldos canarios gozaban de gran prestigio, y comenzando a jugar los británicos un papel fundamental en la economía canaria. También se vendía vino canario en las colonias inglesas de América. El control de este comercio estuvo inicialmente en manos de judeoconversos y algunos comerciantes sevillanos y, más tarde se sumaron comerciantes ingleses, holandeses y franceses.

El ciclo del vino entró en crisis a partir de 1680, cuando los vinos portugueses comenzaron a desplazar a los canarios en el mercado británico. La crisis económica consiguiente se dejó sentir con intensidad en Tenerife, una de cuyas manifestaciones fue el estancamiento demográfico como consecuencia de la emigración hacia otras islas o hacia las colonias españolas en América.

El Comercio

Cabe hacer una distinción entre el comercio interior y el gran comercio o comercio exterior.

El comercio interinsular favoreció la circulación de bienes, sobre todo de productos agrícolas. Las islas relacionadas con el exterior gracias a las exportaciones de vino y azúcar (Tenerife, La Palma y Gran Canaria), actuaron como redistribuidoras de manufacturas procedentes del exterior hacia el resto del archipiélago.

El grueso de los intercambios comerciales con el exterior durante los siglos XVI y XVII, se realizaron con Europa. El azúcar fue el producto fundamental de exportación de Canarias durante el siglo XVI. Los destinos del azúcar canario eran los puertos de Génova y Flandes. A cambio se recibían tejidos, herramientas, objetos suntuarios y manufacturas varias. La Península, especialmente Castilla recibía azúcar, orchilla, cereales y cueros.

En la segunda mitad del siglo y durante la mayor parte del siglo XVII, el tráfico cambió de rumbo, reorientándose hacia Inglaterra, a donde se exportaba vino.

Existió durante estos dos siglos un comercio, y generalmente ilegal, con América, dado el control que la Casa de Contratación ejercía en todo tipo de transacción comercial con el continente americano.

A América se exportaba vino, vinagre, conservas de pera, membrillo, frutos secos, etc. Y se importaba cacao, tabaco, palo del Brasil y muebles. Las leyes de libre comercio del siglo XVIII constituyeron un estímulo a los intercambios comerciales con aquel continente. Especial relevancia tuvo el Reglamento Real de 1718 que liberalizó las relaciones comerciales entre Canarias y América, que imponía la condición de enviar a aquel continente cinco familias canarias de cinco miembros por cada cien toneladas de mercancías exportadas. El reglamento real institucionalizaba una práctica obligatoria llevada a cabo desde 1678. A este tipo de emigración se le conoce como tributo de sangre.

La Emigración

Si bien la emigración de canarios hacia América fue constante desde el momento del descubrimiento, será a partir del siglo XVIII cuando ésta adquirió mayor importancia. El Reglamento Real de 1718 fijaba la obligación de enviar cinco familias a América por cada cien toneladas de mercancías exportadas. Esta emigración respondía a necesidades estratégicas de la Corona española, obligada a consolidar sus posesiones en América amenazadas por ingleses, franceses y portugueses. De esta forma, y con colonos oriundos de Canarias, se fundó Montevideo, para frenar la expansión portuguesa desde el sur de Brasil hacia el estuario del Río de la Plata, para consolidar la dominación española al norte del río Grande. También se establecieron colonos canarios en Florida, Cuba, Luisiana, San Antonio en Texas y California. El resultado de aquella emigración es aún visible en Luisiana, donde perviven comunidades hispanohablantes, descendientes de los primitivos colonos canarios. Tanto en este caso como en San Antonio de Texas, estos norteamericanos mantienen contactos con la tierra de sus ancestros y manifiestan el orgullo de ser isleños.

Además de la imposición legal, existían otras razones que obligaron a los canarios a emigrar durante estos siglos: las crisis campesinas, el exceso demográfico, etc. Los momentos de crisis económica suponian un aumento importante de la emigración.

Canarias en el contexto internacional de la época. Los ataques piráticos

Una consecuencia inmediata de la incorporación de Canarias a la Corona Española, fue que sufrió los efectos de los conflictos internacionales en los que ésta se vio involucrada.

Canarias constituía una base fundamental en las comunicaciones de la Corona con América, de donde procedía el oro y la plata que permitía a la Corona mantener su política de hegemonía europea durante todo el siglo XVI y buena parte del siglo XVII. Por otro lado, su lejanía de la península la convertía en un territorio vulnerable y expuesto a los ataques de aquellas potencias rivales de la corona: ingleses, franceses, holandeses y turcos.

Como consecuencia de lo anteriormente expuesto, las islas sufrieron, a lo largo de los tres siglos que estamos estudiando, una serie continuada de ataques, piráticos, en algunos casos, y otros organizados y planificados como parte de las guerras que libraba la Corona con sus rivales.

Los primeros ataques sufridos por las islas tuvieron lugar a partir de 1520. Se trata de ataques de piratas franceses, como el dirigido por François Leclerc, conocido como "Pata de Palo", quien atacó y saqueó Santa Cruz de La Palma y San Sebastián de La Gomera en 1553.

Por otro lado y en el contexto de la rivalidad por el control del Mediterráneo occidental, entre la Corona española y el Imperio Turco, se intensificaron los ataques de piratas berberiscos que, actuando a las órdenes de las autoridades turcas de Argel arrasaron en varias ocasiones las islas de Lanzarote y Fuerteventura. En uno de estos ataques dirigido por Xabán Arraez en 1593, Betancuria fue destruida y una parte de la población majorera fue capturada y esclavizada. Otro tanto ocurrió con los ataques piráticos a Lanzarote. Estos ataques se prolongaron durante los siglos XVI y XVII y en muchos casos respondían a respuestas de castigo por las expediciones organizadas desde Canarias para capturar esclavos en la vecina costa de África.

Durante los años de la guerra de la Corona Española contra los holandeses en lucha por su independencia, la ciudad de Las Palmas sufrió en 1599 un ataque dirigido por el almirante [Van der Doez]], quien con una flota numerosa, llevó a cabo el ataque más grave sufrido por las islas. El ataque se completó con la conquista de la ciudad y la retirada de su población hacia el interior de la isla. Las milicias insulares lograron en [Tafira]] frenar el avance holandés hacia el interior de la isla y obligaron a los invasores a replegarse hacia Las Palmas de donde se retiraron después de destruirla parcialmente. Antes de volver a sus bases en [Holanda]], atacaron y saquearon San Sebastián de La Gomera y Santa Cruz de La Palma.

Las contínuas guerras con Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XVI y durante el siglo XVIII, supuso el continuo ataque de flotas inglesas a las islas, destacando las intervenciones de Drake o Hawkins. El último de los ataques dirigidos contra las islas lo llevó a cabo Horacio Nelson, quien, atacó Santa Cruz de Tenerife el 25 de julio de 1797, dentro del conflicto que libraba Inglaterra contra Francia y su aliada, España. Nelson atacó con una flota numerosa y con abundantes tropas que lograron desembarcar en la ciudad. Las milicias insulares, responsables de la defensa de la isla pudieron resistir e impedir la conquista de Santa Cruz. Nelson resultó herido, a consecuencia de lo cual perdió el brazo derecho. Los británicos tuvieron que capitular, permitiendo las autoridades tinerfeñas el reembarque de los británicos que habían sido capturados.

Las consecuencias de aquellos ataques fueron, por un lado, la construcción de una amplia red de fortines y castillos defensivos en las costas de Canarias, cuya finalidad era impedir los ataques y la conquista de las islas por alguna potencia extranjera enemiga de la Corona Española. Otra consecuencia fue la localización de los principales núcleos de población en el interior de las islas, lejos de la costa donde eran presas fáciles de los ataques.

Historia Contemporánea

Campesino de Gran Canaria a fines del siglo XIX. Hasta épocas recientes la mayor parte de la población de Canarias era campesina.

Siglo XIX

Inicios del siglo XX

A inicios del siglo XX es introducido en Canarias por los ingleses un nuevo monocultivo que será el plátano, cuya exportación estará controlada por compañías comerciales como Fyffes, y siendo Inglaterra el principal mercado para la fruta. Inglaterra también invertirá en la construcción del puerto de Santa Cruz de Tenerife y el Puerto de la Luz en Las Palmas de Gran Canaria, para disponer de puertos carboneros y de escala con vista a la colonización inglesa del continente africano.

La sociedad canaria sigue siendo fundamentalmente agraria, pero ya comienza a aparecer un proletariado urbano, que llevará al nacimiento de las primeras organizaciones obreras canarias. De todas maneras, debido precisamente al prácticamente nulo desarrollo industrial de Canarias, la aparición de un movimiento obrero fue bastante tardía, y en su inicio estaría formado más por artesanos que por proletarios. En aquellos momentos domina el caciquismo, y los terratenientes y aguatenientes dominan gran parte de la vida social y política de la población.

La rivalidad entre las élites de las ciudades de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria por la capitalidad de las islas, que se encontraba en la primera, llevará a que en 1927 se lleve a cabo la división del archipiélago en dos provincias, si bien esto no anulará esa rivalidad, que continúa hasta hoy en día.

Segunda República

Durante la Segunda República comienzan a aparecer y desarrollarse organizaciones obreras de ideología marxista o anarquista, destacando figuras como José Miguel Pérez o Guillermo Ascanio. Sin embargo, a excepción de algunos municipios, esas organizaciones no serán mayoritarias. Otros políticos canarios que destacarán en este periodo serán José Franchy y Roca y Juan Negrín López.

Guerra civil y dictadura franquista

En 1936 Francisco Franco se encontraba destinado en Canarias como Comandante General. Este nombramiento se debió a la política del gobierno de la república de dispersar hacia las zonas periféricas a aquellos altos cargos militares de tendencia conservadora que podrían llevar a cabo un golpe militar. Sin embargo, esta política no valdrá de mucho, y será Canarias desde donde Franco inicie la sublevación militar el 17 de julio.

Puerto de la Cruz, uno de los primeros centros turísticos de Canarias

Los sublevados tomarán rápidamente el control de todo el archipiélago, a excepción de algunos focos de resistencia en la isla de La Palma y en el pueblo de Vallehermoso, en La Gomera. A pesar de que en las islas no hubo guerra propiamente dicha, fue uno de los lugares donde la represión alcanzó cotas más altas.

Durante la postguerra, al igual que el resto del estado, Canarias padece un periodo de crisis donde el hambre y la miseria son frecuentes. Se produce de nuevo una oleada migratoria hacia Venezuela.

Hacia los años 70 comienza a producirse un cambio en la economía canaria con el auge del turismo. A partir de esos momentos la ganadería y la agricultura entrarán en un retroceso, a excepción de los monocultivos de exportación del plátano y el tomate.

La oposición al régimen franquista no comenzará a organizarse hasta finales de los años 50, destacando el Partido Comunista de España y movimientos de carácter nacionalista e independentista de izquierda como el Movimiento Canarias Libre y el MPAIAC.

Transición y formación de la autonomía

Tras la muerte de Franco y la instauración de un régimen democrático de Monarquía Parlamentaria, se planteó la creación de un estatuto de autonomía para el archipiélago, estatuto que fue aprobado en el año 1982. Durante estos primeros años los principales partidos políticos de Canarias serán el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), la Unión de Centro Democrático (UCD), y la Unión del Pueblo Canario (UPC).

En 1983 se celebran las primeras elecciones autonómicas, las cuales fueron ganadas por el Partido Socialista Obrero Español Tras las elecciones de 1987 hubo un gobierno de coalición encabezado por el CDS.(PSOE). Actualmente, y desde 1993, gobierna Coalición Canaria.

Véase también

Referencias

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