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Diferencia entre revisiones de «Barroco»

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En América el barroco encuentra su propio estilo, gracias a la fusión del nuevo estilo con el sustrato indígena y la tradición mudéjar, como en el Barroco Andino.
 
En América el barroco encuentra su propio estilo, gracias a la fusión del nuevo estilo con el sustrato indígena y la tradición mudéjar, como en el Barroco Andino.
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== Escultura ==
 
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Revisión del 12:22 26 jul 2023

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Catedral de Puebla, en México.
El rapto de Proserpina, de Bernini, es uno de los mejores ejemplos de escultura barroca. Destaca por su enorme detallismo, con los dedos de Plutón apretando la piel de una aterrorizada Proserpina.

El Barroco fue un período de la historia en la cultura occidental originado por una nueva forma de concebir el arte (el «estilo barroco») y que, partiendo desde diferentes contextos histórico-culturales, produjo obras en numerosos campos artísticos: literatura, arquitectura, escultura, pintura, música, ópera, danza, teatro, etc. Se manifestó principalmente en la Europa Occidental, aunque debido al colonialismo también se dio en numerosas colonias de las potencias europeas, principalmente en Latinoamérica. Cronológicamente, abarcó todo el siglo XVII y principios del XVIII, con mayor o menor prolongación en el tiempo dependiendo de cada país. Se suele situar entre el Manierismo y el Rococó, en una época caracterizada por fuertes disputas religiosas entre países católicos y protestantes, así como marcadas diferencias políticas entre los Estados absolutistas y los parlamentarios, donde una incipiente burguesía empezaba a poner los cimientos del capitalismo.

Líneas generales

En líneas generales se identifica al barroco como un arte recargado, muy expresivo, que buscaba general impacto visual y todo ello en el contexto de las guerras de religión. De este modo se identifica al barroco como el arte de la contrarreforma católica enfrentada a la reforma protestante.

Como estilo artístico, el Barroco surgió a principios del siglo XVII (según otros autores a finales del XVI) en Italia —período también conocido en este país como Seicento—, desde donde se extendió hacia la mayor parte de Europa. Durante mucho tiempo (siglos XVIII y XIX) el término «barroco» tuvo un sentido peyorativo, con el significado de recargado, engañoso, caprichoso, hasta que fue posteriormente revalorizado a finales del siglo XIX por Jacob Burckhardt y, en el XX, por Benedetto Croce y Eugenio d'Ors. Algunos historiadores dividen el Barroco en tres períodos: «primitivo» (1580-1630), «maduro» o «pleno» (1630-1680) y «tardío» (1680-1750).

Aunque se suele entender como un período artístico específico, estéticamente el término «barroco» también indica cualquier estilo artístico contrapuesto al clasicismo, concepto introducido por Heinrich Wölfflin en 1915. Así pues, el término «barroco» se puede emplear tanto como sustantivo como adjetivo. Según este planteamiento, cualquier estilo artístico atraviesa por tres fases: arcaica, clásica y barroca. Ejemplos de fases barrocas serían el arte helenístico, el arte gótico, el romanticismo o el modernismo.

El arte se volvió más refinado y ornamentado, con pervivencia de un cierto racionalismo clasicista pero adoptando formas más dinámicas y efectistas y un gusto por lo sorprendente y anecdótico, por las ilusiones ópticas y los golpes de efecto. Se observa una preponderancia de la representación realista: en una época de penuria económica, el hombre se enfrenta de forma más cruda a la realidad. Por otro lado, a menudo esta cruda realidad se somete a la mentalidad de una época turbada y desengañada, lo que se manifiesta en una cierta distorsión de las formas, en efectos forzados y violentos, fuertes contrastes de luces y sombras y cierta tendencia al desequilibrio y la exageración.

Se conoce también con el nombre de barroquismo el abuso de lo ornamental, el recargamiento en el arte.

Contexto histórico y cultural

El siglo XVII fue por lo general una época de depresión económica, consecuencia de la prolongada expansión del siglo anterior causada principalmente por el descubrimiento de América. Las malas cosechas conllevaron el aumento del precio del trigo y demás productos básicos, con las subsiguientes hambrunas. El comercio se estancó, especialmente en el área mediterránea, y solo floreció en Inglaterra y Países Bajos gracias al comercio con Oriente y la creación de grandes compañías comerciales, que sentaron las bases del capitalismo y el auge de la burguesía. La mala situación económica se agravó con las plagas de peste que asolaron Europa a mediados del siglo XVII, que afectaron especialmente a la zona mediterránea.nota 5​ Otro factor que generó miseria y pobreza fueron las guerras, provocadas en su mayoría por el enfrentamiento entre católicos y protestantes, como es el caso de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). odos estos factores provocaron una grave depauperación de la población; en muchos países, el número de pobres y mendigos llegó a alcanzar la cuarta parte de la población

Por otro lado, el poder hegemónico en Europa basculó de la España imperial a la Francia absolutista, que tras la Paz de Westfalia (1648) y la Paz de los Pirineos (1659) se consolidó como el más poderoso estado del continente, prácticamente indiscutido hasta la ascensión de Inglaterra en el siglo XVIII. Así, la Francia de los Luises y la Roma papal fueron los principales núcleos de la cultura barroca, como centros de poder político y religioso —respectivamente— y centros difusores del absolutismo y el contrarreformismo. España, aunque en decadencia política y económica, tuvo sin embargo un esplendoroso período cultural —el llamado Siglo de Oro— que, aunque marcado por su aspecto religioso de incontrovertible proselitismo contrarreformista, tuvo un acentuado componente popular, y llevó tanto a la literatura como a las artes plásticas a cotas de elevada calidad. En el resto de países donde llegó la cultura barroca (Inglaterra, Alemania, Países Bajos), su implantación fue irregular y con distintos sellos peculiarizados por sus distintivas características nacionales.

El Barroco se forjó en Italia, principalmente en la sede pontificia, Roma, donde el arte fue utilizado como medio propagandístico para la difusión de la doctrina contrarreformista. La Reforma protestante sumió a la Iglesia católica en una profunda crisis durante la primera mitad del siglo XVI, que evidenció tanto la corrupción en numerosos estratos eclesiásticos como la necesidad de una renovación del mensaje y la obra católica, así como de un mayor acercamiento a los fieles. El Concilio de Trento (1545-1563) se celebró para contrarrestar el avance del protestantismo y consolidar el culto católico en los países donde aún prevalecía, sentando las bases del dogma católico (sacerdocio sacramental, celibato, culto a la Virgen y los santos, uso litúrgico del latín) y creando nuevos instrumentos de comunicación y expansión de la fe católica, poniendo especial énfasis en la educación, la predicación y la difusión del mensaje católico, que adquirió un fuerte sello propagandístico —para lo que se creó la Congregación para la Propagación de la Fe—. Este ideario se plasmó en la recién fundada Compañía de Jesús, que mediante la predicación y la enseñanza tuvo una notable y rápida difusión por todo el mundo, frenando el avance del protestantismo y recuperando numerosos territorios para la fe católica (Austria, Baviera, Suiza, Flandes, Polonia). Otro efecto de la Contrarreforma fue la consolidación de la figura del papa, cuyo poder salió reforzado, y que se tradujo en un ambicioso programa de ampliación y renovación urbanística de Roma, especialmente de sus iglesias, con especial énfasis en la basílica de San Pedro y sus aledaños. La Iglesia fue el mayor comitente artístico de la época, y utilizó el arte como caballo de batalla de la propaganda religiosa, al ser un medio de carácter popular fácilmente accesible e inteligible. El arte fue utilizado como un vehículo de expresión ad maiorem Dei et Ecclesiae gloriam, y papas como Sixto V, Clemente VIII, Paulo V, Gregorio XV, Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII se convirtieron en grandes mecenas y propiciaron grandes mejoras y construcciones en la ciudad eterna, ya calificada entonces como Roma triumphans, caput mundi («Roma triunfante, cabeza del mundo»).

Culturalmente, el Barroco fue una época de grandes adelantos científicos: William Harvey comprobó la circulación de la sangre; Galileo Galilei perfeccionó el telescopio y afianzó la teoría heliocéntrica establecida el siglo anterior por Copérnico y Kepler; Isaac Newton formuló la teoría de la gravitación universal; Evangelista Torricelli inventó el barómetro. Francis Bacon estableció con su Novum Organum el método experimental como base de la investigación científica, poniendo las bases del empirismo. Por su parte, René Descartes llevó a la filosofía hacia el racionalismo, con su famoso «pienso, luego existo».

Debido a las nuevas teorías heliocéntricas y la consecuente pérdida del sentimiento antropocéntrico propio del hombre renacentista, el hombre del Barroco perdió la fe en el orden y la razón, en la armonía y la proporción; la naturaleza, no reglamentada ni ordenada, sino libre y voluble, misteriosa e inabarcable, pasó a ser una fuente directa de inspiración más conveniente a la mentalidad barroca. Perdiendo la fe en la verdad, todo pasa a ser aparente e ilusorio (Calderón: La vida es sueño); ya no hay nada revelado, por lo que todo debe investigarse y experimentarse. Descartes convirtió la duda en el punto de partida de su sistema filosófico: «considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu, no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños» (Discurso del método, 1637).16​ Así, mientras la ciencia se circunscribía a la búsqueda de la verdad, el arte se encaminaba a la expresión de lo imaginario, del ansia de infinito que anhelaba el hombre barroco. De ahí el gusto por los efectos ópticos y los juegos ilusorios, por las construcciones efímeras y el valor de lo transitorio; o el gusto por lo sugestivo y seductor en poesía, por lo maravilloso, sensual y evocador, por los efectos lingüísticos y sintácticos, por la fuerza de la imagen y el poder de la retórica, revitalizados por la reivindicación de autores como Aristóteles o Cicerón.

La cultura barroca era, en definición de José Antonio Maravall, «dirigida» —enfocada en la comunicación—, «masiva» —de carácter popular— y «conservadora» —para mantener el orden establecido—. Cualquier medio de expresión artístico debía ser principalmente didáctico y seductor, debía llegar fácilmente al público y debía entusiasmarle, hacerle comulgar con el mensaje que transmitía, un mensaje puesto al servicio de las instancias del poder —político o religioso—, que era el que sufragaba los costes de producción de las obras artísticas, ya que Iglesia y aristocracia —también incipientemente la burguesía— eran los principales comitentes de artistas y escritores. Si la Iglesia quería transmitir su mensaje contrarreformista, las monarquías absolutas vieron en el arte una forma de magnificar su imagen y mostrar su poder, a través de obras monumentales y pomposas que transmitían una imagen de grandeza y ayudaban a consolidar el poder centralista del monarca, reafirmando su autoridad.

Por ello y pese a la crisis económica, el arte floreció gracias sobre todo al mecenazgo eclesiástico y aristocrático. Las cortes de los estados monárquicos —especialmente los absolutistas— favorecieron el arte como una forma de plasmar la magnificencia de sus reinos, un instrumento propagandístico que daba fe de la grandiosidad del monarca (un ejemplo paradigmático es la construcción de Versalles por Luis XIV). El auge del coleccionismo, que conllevaba la circulación de artistas y obras de arte por todo el continente europeo, condujo al alza del mercado artístico. Algunos de los principales coleccionistas de arte de la época fueron monarcas, como el emperador Rodolfo II, Carlos I de Inglaterra, Felipe IV de España o la reina Cristina de Suecia. Floreció notablemente el mercado artístico, centrado principalmente en el ámbito neerlandés (Amberes y Ámsterdam) y alemán (Núremberg y Augsburgo). También proliferaron las academias de arte —siguiendo la estela de las surgidas en Italia en el siglo XVI—, como instituciones encargadas de preservar el arte como fenómeno cultural, de reglamentar su estudio y su conservación, y de promocionarlo mediante exposiciones y concursos; las principales academias surgidas en el siglo XVII fueron la Académie Royale d'Art, fundada en París en 1648, y la Akademie der Künste de Berlín (1696).

El estilo barroco

El Barroco fue un estilo heredero del escepticismo manierista, que se vio reflejado en un sentimiento de fatalidad y dramatismo entre los autores de la época. El arte se volvió más artificial, más recargado, decorativo, ornamentado. Destacó el uso ilusionista de los efectos ópticos; la belleza buscó nuevas vías de expresión y cobró relevancia lo asombroso y los efectos sorprendentes. Surgieron nuevos conceptos estéticos como los de «ingenio», «perspicacia» o «agudeza». En la conducta personal se destacaba sobre todo el aspecto exterior, de forma que reflejara una actitud altiva, elegante, refinada y exagerada que cobró el nombre de préciosité.

Según Wölfflin, el Barroco se define principalmente por oposición al Renacimiento: frente a la visión lineal renacentista, la visión barroca es pictórica; frente a la composición en planos, la basada en la profundidad; frente a la forma cerrada, la abierta; frente a la unidad compositiva basada en la armonía, la subordinación a un motivo principal; frente a la claridad absoluta del objeto, la claridad relativa del efecto. Así, el Barroco «es el estilo del punto de vista pictórico con perspectiva y profundidad, que somete la multiplicidad de sus elementos a una idea central, con una visión sin límites y una relativa oscuridad que evita los detalles y los perfiles agudos, siendo al mismo tiempo un estilo que, en lugar de revelar su arte, lo esconde».

El arte barroco se expresó estilísticamente en dos vías: por un lado, hay un énfasis en la realidad, el aspecto mundano de la vida, la cotidianeidad y el carácter efímero de la vida, que se materializó en una cierta «vulgarización» del fenómeno religioso en los países católicos, así como en un mayor gusto por las cualidades sensibles del mundo circundante en los protestantes; por otro lado, se manifiesta una visión grandilocuente y exaltada de los conceptos nacionales y religiosos como una expresión del poder, que se traduce en el gusto por lo monumental, lo fastuoso y recargado, el carácter magnificente otorgado a la realeza y la Iglesia, a menudo con un fuerte sello propagandístico.

El Barroco fue una cultura de la imagen, donde todas las artes confluyeron para crear una obra de arte total, con una estética teatral, escenográfica, una mise en scène que pone de manifiesto el esplendor del poder dominante (Iglesia o Estado), con ciertos toques naturalistas pero en un conjunto que expresa dinamismo y vitalidad. La interacción de todas las artes expresa la utilización del lenguaje visual como un medio de comunicación de masas, plasmado en una concepción dinámica de la naturaleza y el espacio envolvente.

Una de las principales características del arte barroco es su carácter ilusorio y artificioso: «el ingenio y el diseño son el arte mágico a través del cual se llega a engañar a la vista hasta asombrar» (Gian Lorenzo Bernini). Se valoraba especialmente lo visual y efímero, por lo que cobraron auge el teatro y los diversos géneros de artes escénicas y espectáculos: danza, pantomima, drama musical (oratorio y melodrama), espectáculos de marionetas, acrobáticos, circenses, etc. Existía el sentimiento de que el mundo es un teatro (theatrum mundi) y la vida una función teatral: «todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores» (Como gustéis, William Shakespeare, 1599). De igual manera se tendía a teatralizar las demás artes, especialmente la arquitectura. Es un arte que se basa en la inversión de la realidad: en la «simulación», en convertir lo falso en verdadero, y en la «disimulación», pasar lo verdadero por falso. No se muestran las cosas como son, sino como se querría que fuesen, especialmente en el mundo católico, donde la Contrarreforma tuvo un éxito exiguo, ya que media Europa se pasó al protestantismo. En literatura se manifestó dando rienda suelta al artificio retórico, como un medio de expresión propagandístico en que la suntuosidad del lenguaje pretendía reflejar la realidad de forma edulcorada, recurriendo a figuras retóricas como la metáfora, la paradoja, la hipérbole, la antítesis, el hipérbaton, la elipsis, etc. Esta transposición de la realidad, que se ve distorsionada y magnificada, alterada en sus proporciones y sometida al criterio subjetivo de la ficción, pasó igualmente al terreno de la pintura, donde se abusa del escorzo y la perspectiva ilusionista en aras de efectos mayores, llamativos y sorprendentes.

El arte barroco buscaba la creación de una realidad alternativa a través de la ficción y la ilusión. Esta tendencia tuvo su máxima expresión en la fiesta y la celebración lúdica; edificios como iglesias o palacios, o bien un barrio o una ciudad entera, se convertían en teatros de la vida, en escenarios donde se mezclaba la realidad y la ilusión, donde los sentidos se sometían al engaño y el artificio. En ese aspecto tuvo especial protagonismo la Iglesia contrarreformista, que buscaba a través de la pompa y el boato mostrar su superioridad sobre las iglesias protestantes, con actos como misas solemnes, canonizaciones, jubileos, procesiones o investiduras papales. Pero igual de fastuosas eran las celebraciones de la monarquía y la aristocracia, con eventos como coronaciones, bodas y nacimientos reales, funerales, visitas de embajadores o cualquier acontecimiento que permitiese al monarca desplegar su poder para admirar al pueblo. Las fiestas barrocas suponían una conjugación de todas las artes, desde la arquitectura y las artes plásticas hasta la poesía, la música, la danza, el teatro, la pirotecnia, arreglos florales, juegos de agua, etc. Arquitectos como Bernini o Pietro da Cortona, o Alonso Cano y Sebastián Herrera Barnuevo en España, aportaron su talento a tales eventos, diseñando estructuras, coreografías, iluminaciones y demás elementos, que a menudo les servían como campo de pruebas para futuras realizaciones más serias: así, el baldaquino para la canonización de Santa Isabel de Portugal sirvió a Bernini para su futuro diseño del baldaquino de San Pedro, y el quarantore (teatro sacro de los jesuitas) de Carlo Rainaldi fue una maqueta de la iglesia de Santa Maria in Campitelli.

Durante el Barroco, el carácter ornamental, artificioso y recargado del arte de este tiempo traslucía un sentido vital transitorio, relacionado con el memento mori, el valor efímero de las riquezas frente a la inevitabilidad de la muerte, en paralelo al género pictórico de las vanitas. Este sentimiento llevó a valorar de forma vitalista la fugacidad del instante, a disfrutar de los leves momentos de esparcimiento que otorga la vida, o de las celebraciones y actos solemnes. Así, los nacimientos, bodas, defunciones, actos religiosos, o las coronaciones reales y demás actos lúdicos o ceremoniales, se revestían de una pompa y una artificiosidad de carácter escenográfico, donde se elaboraban grandes montajes que aglutinaban arquitectura y decorados para proporcionar una magnificencia elocuente a cualquier celebración, que se convertía en un espectáculo de carácter casi catártico, donde cobraba especial relevancia el elemento ilusorio, la atenuación de la frontera entre realidad y fantasía.

Cabe destacar que el Barroco es un concepto heterogéneo que no presentó una unidad estilística ni geográfica ni cronológicamente, sino que en su seno se encuentran diversas tendencias estilísticas, principalmente en el terreno de la pintura. Las principales serían: naturalismo, estilo basado en la observación de la naturaleza pero sometida a ciertas directrices establecidas por el artista, basadas en criterios morales y estéticos o, simplemente, derivados de la libre interpretación del artista a la hora de concebir su obra; realismo, tendencia surgida de la estricta imitación de la naturaleza, ni interpretada ni edulcorada, sino representada minuciosamente hasta en sus más pequeños detalles; clasicismo, corriente centrada en la idealización y perfección de la naturaleza, evocadora de elevados sentimientos y profundas reflexiones, con la aspiración de reflejar la belleza en toda su plenitud.

or último, cabe señalar que en el Barroco surgieron o se desarrollaron nuevos géneros pictóricos. Si hasta entonces había preponderado en el arte la representación de temas históricos, mitológicos o religiosos, los profundos cambios sociales vividos en el siglo XVII propiciaron el interés por nuevos temas, especialmente en los países protestantes, cuya severa moralidad impedía la representación de imágenes religiosas por considerarlas idolatría. Por otro lado, el auge de la burguesía, que para remarcar su estatus invirtió de forma decidida en el arte, trajo consigo la representación de nuevos temas alejados de las grandilocuentes escenas preferidas por la aristocracia. Entre los géneros desarrollados profusamente en el Barroco destacan: la pintura de género, que toma sus modelos de la realidad circundante, de la vida diaria, de temas campesinos o urbanos, de pobres y mendigos, comerciantes y artesanos, o de fiestas y ambientes folklóricos; el paisaje, que eleva a categoría independiente la representación de la naturaleza, que hasta entonces solo servía de telón de fondo de las escenas con personajes históricos o religiosos; el retrato, que centra su representación en la figura humana, generalmente con un componente realista aunque a veces no exento de idealización; el bodegón o naturaleza muerta, que consiste en la representación de objetos inanimados, ya sean piezas de ajuar doméstico, flores, frutas u otros alimentos, muebles, instrumentos musicales, etc.; y la vanitas, un tipo de bodegón que alude a lo efímero de la existencia humana, simbolizado generalmente por la presencia de calaveras o esqueletos, o bien velas o relojes de arena.

Arquitectura

San Carlo alle Quattro Fontane, en Roma.

La arquitectura barroca asumió unas formas más dinámicas, con una exuberante decoración y un sentido escenográfico de las formas y los volúmenes. Cobró relevancia la modulación del espacio, con preferencia por las curvas cóncavas y convexas, poniendo especial atención en los juegos ópticos (trompe-l'œil) y el punto de vista del espectador. También cobró una gran importancia el urbanismo, debido a los monumentales programas desarrollados por reyes y papas, con un concepto integrador de la arquitectura y el paisaje que buscaba la recreación de un continuum espacial, de la expansión de las formas hacia el infinito, como expresión de unos elevados ideales, sean políticos o religiosos.

Con gran desarrollo en Italia o España (lugares que se habían situado a la cabeza de la contrarreforma y en la defensa del papado católico), la arquitectura barroca destaca también por desarrollarse una variante más particular en América]. Encuentra su desarrollo dentro de la arquitectura colonial, relacionada no sólo con la contrarreforma, sino también con la evangelización de los indígenas. La arquitectura barroca en Hispanoamérica ocurre en los siglos XVII y XVIII, cuando la dominación de las Indias llega a su apogeo. Tres son los impulsores del barroco en América: la Corona, la burguesía y los jesuitas como representantes de la Iglesia.

En América el barroco encuentra su propio estilo, gracias a la fusión del nuevo estilo con el sustrato indígena y la tradición mudéjar, como en el Barroco Andino.


Escultura

La escultura barroca adquirió el mismo carácter dinámico, sinuoso, expresivo y ornamental que la arquitectura —con la que llegará a una perfecta simbiosis sobre todo en edificios religiosos—, destacando el movimiento y la expresión, partiendo de una base naturalista pero deformada a capricho del artista. La evolución de la escultura no fue uniforme en todos los países, ya que en ámbitos como España y Alemania, donde el arte gótico había tenido mucho asentamiento —especialmente en la imaginería religiosa—, aún pervivían ciertas formas estilísticas de la tradición local, mientras que en países donde el Renacimiento había supuesto la implantación de las formas clásicas (Italia y Francia) la perduración de estas es más acentuada. Por temática, junto a la religiosa tuvo bastante importancia la mitológica, sobre todo en palacios, fuentes y jardines.

En resumen, se busca un mayor naturalismo y realismo, aunque a veces exagerando las expresiones. Los ropajes del arte figurativo se hacen complejo, mostrando las arrugas y pliegues de los mismos. Se huye de la idealización renacentista y en el arte religioso se buscaba impactar al público, mostrando el dolor o sufrimiento en las representaciones de los personajes en las escenas de martirio. Pero estos elementos también aparecen en la representación de escenas profanas ajenas al cristianismo.

Pintura

La pintura barroca tuvo un marcado acento diferenciador geográfico, ya que su desarrollo se produjo por países, en diversas escuelas nacionales cada una con un sello distintivo. Sin embargo, se percibe una influencia común proveniente nuevamente de Italia, donde surgieron dos tendencias contrapuestas: el naturalismo (también llamado caravagismo), basado en la imitación de la realidad natural, con cierto gusto por el claroscuro —el llamado tenebrismo—; y el clasicismo, que es igual de realista pero con un concepto de la realidad más intelectual e idealizado. Posteriormente, en el llamado «pleno barroco» (segunda mitad del siglo XVII), la pintura evolucionó a un estilo más decorativo, con predominio de la pintura mural y cierta predilección por los efectos ópticos (trompe-l'oeil) y las escenografías lujosas y exuberantes.

Literatura

La literatura barroca, como el resto de las artes, se desarrolló bajo preceptos políticos absolutistas y religiosos contrarreformistas, y se caracterizó principalmente por el escepticismo y el pesimismo, con una visión de la vida planteada como lucha, sueño o mentira, donde todo es fugaz y perecedero, y donde la actitud frente a la vida es la duda o el desengaño, y la prudencia como norma de conducta.

u estilo era suntuoso y recargado, con un lenguaje muy adjetivado, alegórico y metafórico, y un empleo frecuente de figuras retóricas. Los principales géneros que se cultivaron fueron la novela utópica y la poesía bucólica, que junto al teatro —que por su importancia se trata en otro apartado—, fueron los principales vehículos de expresión de la literatura barroca. Como ocurrió igualmente con el resto de las artes, la literatura barroca no fue homogénea en todo el continente, sino que se formaron diversas escuelas nacionales, cada una con sus peculiaridades, hecho que fomentó el auge de las lenguas vernáculas y el progresivo abandono del latín.

En la situación de crisis del barroco cada autor decidió enfrentarse a esta etapa de forma diferente:

  • El escapismo: como el propio nombre indica, el fin al que los autores pretendían llegar es el de poder alejarse y olvidar los problemas socioeconómicos de la época a través de fantasías, glorias, diferentes realidades o presentando una utopía de un mundo idealizado donde todos los problemas que puedan surgir son solucionados fácilmente y donde abarca el orden.
  • La sátira: otros escritores como Quevedo o Góngora dejaron marca al utilizar la sátira como una forma de reírse del mundo y la situación en la que les había tocado vivir a través de las llamadas novelas picarescas.
  • El estoicismo: es una crítica a la vanidad del mundo, la transitoriedad de la belleza, la fama y la vida. Calderón de la Barca es el autor más destacado de este estilo por su obra Autos Sacramentales.
  • La moralidad: intento de erradicar los defectos y vicios, proponiendo modelos de conducta más apropiados según las ideologías políticas y religiosas de su tiempo.

Teatro

Si bien resulta complicado literariamente hablar de teatro barroco en Europa, el Barroco supuso un período de esplendor del teatro como género literario y como espectáculo que se extendió desde Italia al resto de Europa en el siglo XVII. Los teatros nacionales, que se conformaron durante el siglo XVII, tienen características propias y diversas. Las propias artes plásticas buscaban ya una especial teatralidad en la representación, y ello influyó en la escenografía de las representaciones teatrales barrocas.

Las compañías de comediantes, esencialmente trashumantes, comenzaron a profesionalizarse. Con la profesionalización vino la regulación y la censura: al igual que en Europa, el teatro oscilaba entre la tolerancia e incluso protección del gobierno y el rechazo (con excepciones) o la persecución por parte de la Iglesia. El teatro resultaba útil a las autoridades como instrumento de difusión del comportamiento y modelos deseados, el respeto al orden social y a la monarquía, escuela del dogma religioso.

Música

Entre los especialistas se acepta que la música entre los albores del siglo XVII y mediados del siglo XVIII tiene una serie de características que permite clasificarla como un período estilístico, el denominado Barroco en la historia musical occidental. También hay coincidencia en que, aunque el período pueda acotarse entre 1600 y 1750, algunas de las características de esta música ya existían en la Italia de la segunda parte del siglo XVI y otras se mantuvieron en zonas periféricas de Europa hasta finales del siglo XVIII. Algunos autores dividen a su vez el barroco musical en tres subperíodos: temprano, hasta mediados del siglo XVII; medio, hasta finales del siglo XVII; y tardío, hasta las muertes de Bach y Händel.

Se han estudiado paralelismos y similitudes entre los rasgos musicales de esta época con los de las otras artes de este período histórico como la arquitectura y la pintura.142​ Sin embargo, otros autores estiman excesivas esas analogías, prefiriendo señalar los rasgos estilísticos únicamente musicales que pueden ser calificados de barrocos simplemente por ser contemporáneos de las artes plásticas y la literatura, y por tener una unidad espiritual y artística con el período post-Renacimiento.

La música barroca a menudo tenía una textura homofónica, donde la parte superior desarrollaba la melodía sobre una base de bajos con importantes intervenciones armónicas. La polaridad que resultó del triple y del bajo llevó desde la transición entre los siglos XVI y XVII al uso habitual del bajo continuo: una línea de bajo instrumental sobre la que se improvisaban en acordes los tonos intermedios. El bajo continuo era una línea independiente que duraba toda la obra, por eso recibe el nombre de continuo. Apoyado en la base del bajo se improvisaban melodías mediante acordes con un instrumento que los pudiese producir, normalmente un teclado. Estos acordes se solían especificar en el pentagrama mediante números junto a las notas del bajo, de allí el nombre de bajo cifrado. El bajo continuo fue esencial en la música barroca, llegándose a denominar la «época del bajo continuo».

El Barroco en Canarias

GEC.jpg Parte del texto de este artículo está basado en una entrada de la Gran Enciclopedia Canaria, obra colectiva coordinada por Antonio Macías y editada por Ediciones Canarias en la década de los noventa. No se trata de una entrada literal de dicha Enciclopedia, pero el artículo precisa de nuevas ediciones y ampliaciones.


Algunos autores como M. C. Fraga González cuestionan que pueda hablarse realmente de un barroco canario, dada la pervivencia en las islas de la tradición mudéjar. J. Hernández Perera reconoce un desarrollo del barroco en Canarias, pero con las características propias del barroco europeo. Otros como A. Trujillo Rodríguez destacan que sí hubo un barroco en Canarias fuertemente influenciado por el barroco colonial americano. F. G. García Rodríguez sí defiende que pueda hablarse de una barroco canario con características propias debido a las fuertes influencias mudéjares y portuguesas en las islas.

Arquitectura

La arquitectura barroca en Canarias destaca por la fusión de elementos propios de la arquitectura andaluza y la arquitectura portuguesa con elementos mudéjares y una visible impronta americana propia de la arquitectura colonial. Sin embargo, salvo algunas excepciones con fachadas completas de cantería, el uso de la piedra, al igual que en periodos anteriores, siguió reservándose para las portadas, las orillas de las ventanas y las esquinas, haciéndose el resto en mampostería o ladrillo, luego albeado con cal.

El barroco arquitectónico, se centró sobre todo en edificios religiosos, del poder civil y edificios de la élite, como ostentación de su poder y riquezas. La arquitectura popular, más sencilla, estuvo completamente alejada de estas dinámicas.


Protobarroco

Se identifica un periodo protobarroco o postmarienista presente sobre todo en La Palma y Tenerife, desarrollado en los periodos de mayor bonanza económica, y que se identifica en la aparición de algunas iglesias de tres naves, con arquerías sobre columnas y cubiertas con artesonados mudéjares muy decorados. Las fachadas de las iglesias se empiezan a llenar de decoración, más allá del arco sencillo de cantería caracterísitco de la época anterior. Algunos ejemplos son la Iglesia de El Salvador en Santa Cruz de La Palma (La Palma), la Iglesia de La Concepción de La Laguna (Tenerife), la Iglesia de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife (Tenerife) y la Iglesia de la Asunción de San Sebastián de La Gomera (La Gomera). Elementos barrocos, aunque más tardíos, se encuentran en la Iglesia de la Concepción de Valverde (El Hierro).

El barroco también influyó decisivamente en los conventos, destacando la portada principal del Convento de San Francisco de Las Palmas de Gran Canaria (Gran Canaria), fechada en torno a 1683.

En cuanto a la arquitectura civil, destacan algunos palacios de la élite social y económica de la época, como la Casa Salazar de La Laguna, con su fachada de cantería y que fue obra de los maestros Juan Lizcano y Andrés Rodríguez Bello, según planos de Juan González de Castro Illada. La Casa Salazar de Santa Cruz de La Palma también presenta características barrocas, así como la Casa Mendoza de Las Palmas de Gran Canaria, fechada en 1697.

Barroco pleno

El barroco pleno se caracteriza en la arquitectura por obras más ambiciosas y mejor planificadas, con la construcción de bóvedas de ladrillo y cúpulas que van sustituyendo a los artesonados en las iglesias de mayor envergadura. En las portadas de los edificios comienzan a manifestarse influencias del rococó, utilizándose elementos como la columna salomónica, destacando la Iglesia de San Francisco de Borja de Las Palmas de Gran Canaria, obra de Juan Visentelo y Francisco Lapierre. La Basílica de Nuestra Señora del Pino de Teror (Gran Canaria) también presenta elementos propios del barroco pleno aunque es posterior, de época neoclásica.

En cuanto a la arquitectura civil, destaca el Palacio de Carta de Santa Cruz de Tenerife y la Casa Massieu de Argual (Los Llanos de Aridane, La Palma).

El uso de las bóvedas también influyó en la arquitectura militar, destacando el Castillo de San José en Arrecife (Lanzarote).

Imaginería

El Nazareno. Martín de Andujar Cantos. (1637)

La Contrarreforma católica dio una gran importancia a la imaginería como modo de hacer proselitismo religioso entre la población. Las iglesias se llenaron de retablos y de tallas que representaban escenas bíblicas, santos, vírgenes, etc. En los primeros momentos se importaron piezas de Andalucía, Génova y América, pero luego empezaron a construirse imágenes en los talleres locales. Muchas de las esculturas o tallas estaban ligadas a la Semana Santa, eran imágenes para llevar en procesión, por ello comenzaron a fabricarse imágenes más ligeras, fáciles de transformar. Si en un primer momento se utilizaron imágenes talladas completamente, con uso de la policromía en los ropajes, paulatinamente fueron siendo sustituidas por las llamadas imágenes de vestir, esto es, imágenes en las que estaban talladas solamente la cabeza y las extremidades, siendo luego cubiertas por ropajes y telas reales.

Uno de los primeros talleres locales se ubicó en Garachico (Tenerife), y estaba dirigido por el escultor manchego (aunque formado en Sevilla) Martín de Andújar Cantos. Martín de Andújar tuvo discípulos destacados como Francisco Alonso de la Raya- La escultura barroca producida en Canarias a fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII tuvo una acusada influencia andaluza fruto de la tradición de los maestros que formaron a los escultores canarios.

Otro elemento fundamental de la imaginería del barroco fue el desarrollo de los retablos de las iglesias, profusamente decorados. Destacan retablistas como Lázaro González de Ocampo.

Pintura

Expulsión de los mercaderes del templo, óleo sobre lienzo, 241 x 331 cm, obra del grancanario Juan de Miranda.

La pintura barroca en Canarias, como buena parte de todo el arte barroco, fue fundamentalmente de temática religiosa. En las localidades de mayor dinamismo económico como Las Palmas de Gran Canaria, San Cristóbal de La Laguna, La Orotava, Garachico o Santa Cruz de La Palma comenzaron a aparecer talleres en los que se forman autores como Gaspar de Quevedo o Cristóbal Hernández de Miranda. En Gran Canaria destaca el papel fundamental del pintor Juan de Miranda.

En un primer momento la influencia sevillana fue decisiva, debido entre otras cosas al decaimiento de las relaciones comerciales con Flandes y los Países Bajos, que habían influido a la pintura desarrollada en el periodo inmediatamente anterior. Pero durante el siglo XVIII comienzan a llegar obras procedentes de talleres americanos, sobre todo de México y, en menor medida, Venezuela. De esta influencia llegó el culto a la Virgen de Guadalupe en Canarias. La influencia de los Países Bajos siguió estando presente en los grabados, algunos de los cuales eran representaciones de pinturas flamencas.

Sin llegar a tener la importancia de la pintura religiosa, comenzaron a aparecer pinturas de retratos de la élite de las islas. En el género del retrato se advierten algunas influencias francesas y británicas, pero también las formas de retratar propias de la Corte en Madrid. Son pinturas donde las personas retratadas hacen ostentación de sus privilegios y de su rango social.

Orfebrería

La orfebrería barroca tuvo un gran desarrollo en Canarias, primeramente con piezas de plata y oro importadas de Andalucía, México, Perú y Cuba y, posteriormente, con la aparición de los primeros plateros locales (con metal procedente, obviamente, de América). Comienzan a construirse baldaquinos con formas de templete y que tendrán un cierto auge durante el siglo XVIII. Junto a ello, cruces y candelabros decorarán las iglesias de las islas.

Literatura

Aunque se considera que Bartolomé Cairasco de Figueroa ya había incluido algunos elementos protobarrocos en obras como Templo Militante, el desarrollo de la literatura barroca en Canarias fue tardío. Antonio de Viana, influido tanto por Cairasco como, sobre todo, por el escritor español Lope de Vega, también introduce algunos elementos barrocos en poemas donde fusiona la épica y lo mítico con la Historia, destacando las Antigüedades de las Islas Afortunadas. Tras Cairasco, Viana y Manuel Álvarez de los Reyes, pasan muchos años sin que aparezcan autores literarios canarios con influencias del barroco. Habría que esperar hasta 1664 con la publicación de las Vigilias del sueño de Pedro Álvarez de Lugo para volver a tener literatura barroca en las islas. El palmero Pedro Álvarez de Lugo siguió publicando obras de clara impronta barroca, apareciendo poco después otro autor, también palmero, Juan Bautista Poggio Monteverde que se inscribe dentro de esta corriente artística y cuya temática es fundamentalmente religiosa, siendo autor de varias loas. En Tenerife destacó fray Andrés de Abreu, que publicó Vida de San Francisco de Asís en 1662.