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Enrique IV de Castilla

De EnciclopediaGuanche

Enrique IV de Castilla (miniatura de un manuscrito del viajero alemán Jörg von Ehingen, circa 1455).

Enrique IV de Castilla (Valladolid, 5 de enero de 1425-Madrid, 11 de diciembre de 1474)​ fue rey de Castilla desde 1454 hasta su muerte en 1474. Algunos historiadores le llamaron despectivamente «el Impotente». Era hijo de Juan II y de María de Aragón, y hermano paterno de Isabel la Católica, que se proclamó reina a su muerte, y del infante Alfonso, que le disputó el trono en vida.

Durante la guerra civil castellana de 1437-1445 combatió del lado del condestable de Castilla don Álvaro de Luna, quien contó con el apoyo del rey Juan II. Participó en la decisiva y final batalla de Olmedo que supuso la derrota de la facción encabezada por los infantes de Aragón y como resultado de la misma recibió de su padre las ciudades de Logroño, Ciudad Rodrigo y Jaén y la villa de Cáceres, mientras que su consejero Juan Pacheco recibía el importante marquesado de Villena además de algunos lugares de la frontera con el reino de Portugal y su hermano Pedro Girón obtenía el maestrazgo de la Orden de Calatrava.

Tras la victoria de Olmedo, el poder de Álvaro de Luna se debilitaría, ganando influjo el bando del príncipe Enrique y Juan Pacheco. Para contrarrestar la política de Juan II de Aragón y de Navarra, apoyaron a su hijo Carlos de Viana, heredero de Navarra, que se había sublevado contra su padre en 1450 al negarse a cederle el trono de Navarra.​ La privanza de Álvaro de Luna acabaría con su arresto y ejecución en 1453.


Reinado

El 20 de julio de 1454 fallecía Juan II de Castilla; al día siguiente Enrique era proclamado rey de Castilla.

Una de sus primeras preocupaciones fue la alianza con Portugal, que se materializó en 1455 casándose en segundas nupcias con Juana de Portugal y con el encuentro de Elvas con Alfonso V de Portugal, en abril de 1456. Otra de sus preocupaciones era suprimir las posibilidades de intervención del rey Juan II de Navarra, estableciendo paces con Francia y con Aragón, y concediendo el perdón a varios nobles. Enrique convocó las Cortes en Cuéllar para lanzar una ofensiva contra el Reino de Granada, emprendida como guerra de desgaste, pero que no logró el apoyo esperado entre la nobleza castellana.

En 1458, falleció el rey Alfonso V de Aragón, sucediéndole su hermano, el rey Juan II de Aragón y de Navarra, quien reanudó sus injerencias en la política de Castilla apoyando a la oposición nobiliaria a favor de las ambiciones de Juan Pacheco. Este, con el apoyo del rey, emprendió acciones para apoderarse del patrimonio de Álvaro de Luna, pero su viuda se alió con el clan de los Mendoza y con ello, nació el descontento entre la nobleza. El proceso dio lugar a la formación, en Alcalá de Henares, de una Liga nobiliaria en marzo de 1460, en la que plantearon una mayor presencia nobiliaria, control de los gastos, y la aceptación del medio hermano del rey, Alfonso de Castilla, como príncipe de Asturias. Enrique IV reaccionó invadiendo Navarra en apoyo de Carlos de Viana, entonces en guerra contra su padre el rey de Navarra y de Aragón.

Sin embargo, Juan II de Aragón se encontraba en conflicto en el Principado de Cataluña, y a la muerte de su hijo Carlos de Viana, la Generalitat eligió como soberano al rey castellano el 11 de agosto de 1462. La intervención de Enrique IV quedaba enmarcada en la rivalidad contra Juan II de Aragón, y debido a ello Cataluña debía quedar como un punto inestable dentro de la Corona de Aragón. Pero Enrique IV, a falta de éxitos y perjudicada la economía castellana por la enemistad de Francia, que apoyaba a Juan II de Aragón por el Tratado de Bayona (1462), se avino a un arreglo en la sentencia arbitral de Bayona,15​ que supuso el abandono de los catalanes.

Política matrimonial

En 1440, a la edad de quince años, en una ceremonia oficiada por el cardenal Juan de Cervantes, se celebró el matrimonio del príncipe Enrique con la infanta Blanca de Navarra, hija de Blanca I de Navarra y de Juan II de Aragón y de Navarra. Este matrimonio había sido acordado en la Concordia de Toledo de 1436. En mayo de 1453, el obispo de Segovia Luis Vázquez de Acuña declaró nulo el matrimonio de Enrique y Blanca, atribuyéndose a una impotencia sexual de Enrique debida a un maleficio. Se reflejaban así los cambios políticos habidos: el apoyo desde 1451 a Carlos de Viana en su pugna contra Juan II de Aragón por el trono navarro; y la ejecución de Álvaro de Luna en mayo de 1453, que dejó a Enrique con un mayor dominio sobre Castilla. Enrique alegó que había sido incapaz de consumar sexualmente el matrimonio, a pesar de haberlo intentado durante más de tres años, el periodo mínimo exigido por la Iglesia. Algunas mujeres, prostitutas de Segovia, testificaron haber tenido relaciones sexuales con Enrique, por lo que la falta de consumación del matrimonio se atribuía a un hechizo. Se alegó "impotencia perpetua" de Enrique, aunque relativa a sus relaciones con doña Blanca. Blanca y Enrique eran primos, al igual que también era primo de doña Juana de Portugal, con la que deseaba casarse. Seguramente por ello, el razonamiento usado para pedir la nulidad fue que algún tipo de encantamiento le impedía consumar el matrimonio, no teniendo tal problema con otras mujeres. El papa Nicolás V corroboró la sentencia de anulación en diciembre de ese mismo año, en la bula Romanus Pontifex y proporcionó la dispensa pontificia para el nuevo matrimonio de Enrique con la hermana del rey portugués.

El cronista Alonso de Palencia, uno de los detractores de Enrique, escribió que el matrimonio había sido una farsa y acusaba a Enrique de despreciar a su esposa y de intentar que cometiese adulterio para poder así tener descendencia. Según el cronista, Enrique llegaría en los últimos años de su matrimonio a mostrar el “más extremado aborrecimiento” a su esposa y a mostrarse indiferente ante las “estrecheces” que esta pasaba. Sin embargo, Blanca llegó a renunciar en 1462 a sus derechos al trono de Navarra a favor de Enrique, al que invocaría como protector, en contra de su propio padre, Juan de Aragón.

El alejamiento de Aragón lleva a un acercamiento a Portugal. Y en marzo de 1453, antes de firmarse la nulidad con Blanca, ya hay constancia de que se negociaba el nuevo matrimonio de Enrique con Juana de Portugal, hermana del rey Alfonso V de Portugal. Las primeras capitulaciones matrimoniales se firmaron en diciembre de ese año, aunque las negociaciones fueron largas y no se firmaron las capitulaciones definitivas hasta febrero de 1455. La boda se celebró en mayo de 1455 en Córdoba, pero sin acta notarial ni una bula concreta que autorizara la boda entre los contrayentes, que eran primos segundos. El 28 de febrero de 1462, la reina tuvo una hija, Juana, cuya paternidad se vio cuestionada durante el conflicto por la sucesión por la corona.

Guerra civil

Ante el nacimiento de su hija, el rey Enrique convocó Cortes en Madrid, que la juraron como princesa de Asturias. Pero el conflicto con la nobleza se reanudó cuando Juan Pacheco, marqués de Villena, y su hermano Pedro Girón, maestre de Calatrava, fueron desplazados del poder por Beltrán de la Cueva. Esto produjo una alteración de las alianzas: los Mendoza pasarían a apoyar al rey, y Pacheco instigó la reactivación de la Liga nobiliaria para eliminar la influencia de Beltrán de la Cueva, apartar a Juana de la sucesión y custodiar a los hermanos del rey para emplearlos como instrumentos políticos,29​30​ para ello se emprendió una campaña de deslegitimación del monarca, poniendo en duda la paternidad de su hija, de la que decían que era hija de su nuevo favorito, de ahí que se refirieran a ella como la Beltraneja.​ En mayo de 1464 se constituyó la Liga en Alcalá de Henares pidiendo el control de los hermanos del rey, a los que se referían como legítimos sucesores del reino.

A la Liga se le fueron incorporando grandes linajes nobiliarios, e incluso el rey Juan II de Aragón. En septiembre la oposición nobiliaria redactó un manifiesto en Burgos, en el que vertían acusaciones e injurias contra el monarca, como que favorecía a judíos y musulmanes, perjudicaba a los nobles en beneficio de gente de baja extracción social, a lo que se añadían impuestos excesivos, y sobre todo se responsabilizaba a Beltrán de la Cueva de los males del reino; se exigía que Alfonso (de 11 años), el hermano del rey, fuera reconocido como heredero, y fuese educado por Juan Pacheco, y la salida de la Corte de Beltrán de la Cueva, con lo que de este modo Juana quedaba como ilegítima. El rey cedió a las exigencias de la Liga y se avino a negociar. El 25 de octubre, en las vistas de Cigales se alcanzó un acuerdo, y Enrique claudicó ante las exigencias de la nobleza: Alfonso fue entregado a Juan Pacheco y fue jurado como heredero el 30 de noviembre, con la condición de que se casase con Juana.

El 16 de enero de 1465 se dictó la Sentencia arbitral de Medina del Campo, con el rey debilitado por la ausencia de Miguel Lucas de Iranzo y de Beltrán de la Cueva. Sus capítulos incluyen una serie exhaustiva de medidas de gobierno, como la organización de las cortes, la justicia a aplicar a los nobles, el control de las ferias, los nombramientos de cargos eclesiásticos, medidas contra musulmanes y judíos, etc.​ Enrique no acepta las medidas y el 27 de abril del mismo año sus adversarios proclaman rey a Alfonso. El 5 de junio siguiente se ratificó la proclamación con una ceremonia llamada Farsa de Ávila. Alfonso tenía entonces la edad de 11 años. Se levantan así dos ejércitos pero las acciones militares se intercalan con las negociaciones: Enrique hace concesiones a sus partidarios e intenta ganarse a sus adversarios. Como parte de estas negociaciones se ofrece el matrimonio de la infanta Isabel con Pedro Girón, aunque este moriría antes de que pudiese celebrarse la boda. Los nobles se enfrentaban además entre ellos y las ciudades y villas revivieron a las Hermandades con el fin de intentar imponer un cierto orden. Dentro del desorden general, hubo abusos por parte de las hermandades, y ataques a conversos.

El 5 de julio de 1468, sin embargo, muere Alfonso, que había reinado unos tres años. Para los que no aceptaban a Juana como heredera, la sucesión pasaba entonces a Isabel. Puesto que ambas eran mujeres, cobró fuerza la acusación de ilegitimidad contra Juana. Isabel rechazó tomar el título regio, sino el de princesa, y el rey Enrique, ante la conducta de la reina, se avino a negociar. En 1468, Enrique e Isabel firmaron un acuerdo, el Tratado de los Toros de Guisando, por el que Enrique declaraba heredera a Isabel, reservándose el derecho de acordar su matrimonio, y las distintas facciones de la nobleza renovaban su lealtad al rey. La razón esgrimida para dejar a la infanta Juana de lado no es su condición de hija de otro hombre, sino la dudosa legalidad del matrimonio de Enrique con su madre y el mal comportamiento reciente de ésta, a la que se acusa de infidelidad durante su cautiverio. Enrique debía divorciarse de su esposa, según el tratado, pero no llega a iniciar los trámites. Enrique trató el matrimonio de Isabel con Alfonso V, rey de Portugal, procurando el matrimonio de la infanta Juana con algún hijo de Alfonso. Pero Isabel se casó en 1469 en secreto en Valladolid, con Fernando de Aragón, hijo del rey de Aragón, con lo que el rey Enrique consideró violado el tratado y proclamó a su hija Juana como heredera al trono en Val de Lozoya, jurando públicamente que era hija legítima, que retornó al rango de princesa y a la que se debía buscar un matrimonio en consecuencia.

El reino cayó en la anarquía, el rey dejó de gobernar pactando como un noble más. Isabel y Fernando cosechaban más adhesiones como garantes del restablecimiento del orden. Entre finales de diciembre y comienzos de enero de 1474, el rey se entrevistó con Isabel y con Fernando y aunque hubo cordialidad, no se llegó a un acuerdo de paz, en el que Isabel sería la heredera. El rey cayó enfermo, y ante acusaciones de envenenamiento, los interlocutores se separaron.

Poco después de la muerte del rey, su testamento desapareció y comenzó la Guerra de Sucesión Castellana entre los partidarios de Isabel y los de Juana, la hija de Enrique.

Relación con Canarias

Durante el reinado de Enrique IV se dio un periodo de estancamiento en el proceso de Conquista de Canarias, pues ya habían sido conquistadas las islas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, bajo dominio señorial, mientras que La Gomera, aunque teóricamente también formaba parte del señorío, el dominio castellano se restringía a La Villa de San Sebastián. Tuvo lugar una expedición de Diego García de Herrera, dueño del señorío de Canarias, contra Tenerife, pero fue derrotado por los guanches.

Entre las vicisitudes de las relaciones entre Castilla y Portugal, y un intento de acercamiento del rey de Castilla a la monarquía del país luso, Enrique IV concedió a los condes portugueses de Antioquía y Villarreal el derecho de conquista de las islas que quedaban sin conquistar, pero la familia Peraza-Herrera protestó y hubo de dar marcha atrás.